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¿Qué (narices) pasa conmigo?



Alterno la ilusión desbordante con la apatía más profunda, la alegría con el odio y la calma con la tristeza más severa hacía todo aquello que soy. Me muevo entre la nostalgia (de nuevo la nostalgia) la ansiedad y el futuro, sin caer en la cuenta de que todo eso es mentira: lo uno por pasado y lo otro porque, a este ritmo, no llegará. Y no llegará porque yo no llegaré.



Me sorprendo y asusto con frecuencia en medio de pequeños ataques de ansiedad que limitan mi capacidad de respirar y de pensar. Ando por donde no sé andar y por donde a veces fantaseo con andar: en la cuerda floja o el filo de una montaña con el abismo a ambos lados. Sin embargo no tiene nada de romántico, más bien es asqueroso. Siento, sufro, todo el pesado lastre que arrastro, percibo claramente como  frena mis, por otra parte, escasas ganas de ir a alguna parte. He renunciado a escapar de esta habitación que yo mismo he construido a base de muros de excusas y techo de cristal para que la visión del exterior me torture aún más, recordándome todo lo que no es y podría, quién sabe, ser.

Y ahora te sientas en ese techo de cristal, te veo, como te mueves, como saltas de tema en tema, como bailas con lo que llega, para bien o para mal. Te imagino todo lo que no sé, y como no lo sé, lo recreo a mi antojo y te convierto en el único motivo que podría hacerme abrir la puerta y salir ahí donde nada de es certero y donde nada es aún. Y sé que es un error, que tu no eres, no porque no seas, sino porque seguro que no eres lo que yo he creado. Y es un error porque la puerta esta abierta y no debiera necesitar de ningún motivo fuera de mí para salir o quedarme aquí. Pero es tan bonito fantasear, tan doloroso crear lo que sabes que no alcanzarás para dotar así de significado a mi malestar eterno, para justificar este estado. Y así también me ilusiono sabiendo de antemano que no habrá ilusión real, y por lo tanto tampoco riesgo de fracaso, de caer (otra vez). Sólo estás en mi mundo inventado, en mi mentira construida a medida, para evitarme aún más sufrimiento. Porque no te conozco, porque te he inventado, y sin embargo eso no significa que la realidad no supere, de nuevo, a la ficción. Porque nunca creí que estaría encadenado a nada y/o nadie, y sin embargo ahora me sobran cadenas (todas). Y no es culpa de nadie. Es cosa mía. Yo decidí atarme las cadenas que mejor consideré, otra vez, por miedo a esa libertad que ahora digo que tanto añoro. Pero es mentira. Si tanto la hubiera deseado no la hubiera dejado escapar. Si tanto la deseara la cogería aún a costa de destruir todo (o nada) lo construido. Porque si fuera verdad sería más fuerte que este miedo que me asusta, que se está haciendo tan grande que empiezo a no poder soportarlo. Y quizá sea la solución, porque algo tan grande que no puedes con ello no tienes otra opción que dejarlo tirado donde sea, a costa de lo que sea ¿no?.

Y eso también es motivo de miedo: miedo a que el miedo sea tan grande que ya no pueda con él y no sea yo quien lo deje a él, sino él quien me deme a mí.




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